La maraña de noticias que nos envuelve cada día hace que la mirada sobre la realidad se transforme en una empresa cada vez más compleja. La vorágine informativa nos distrae, nos aturde, nos atormenta. ¿O alguien se acuerda acaso de los títulos del miércoles pasado? Ni hablemos de lo que aconteció hace un mes atrás.
En la construcción de la escena pública, una noticia tapa a la otra, un escándalo esconde al anterior y una ola de nimiedades inunda toda la escena para ahogar las escasas miradas profundas que intentaron bucear en la realidad.
Gran Hermano, los bailes, el caño y la tele que habla de la tele operan permanentemente como disuasor de la mirada crítica. El ojo avizor queda envuelto en nubes y niebla que hace vizcosa la percepción de lo que ocurre.
Ser periodista implica luchar contra todo eso. Requiere molestar, investigar, denunciar, reflexionar, analizar e interpretar.
El trabajo es solitario, arduo, incómodo, pero necesario.
Porque el desconcierto que reina nos quita un poco de libertad. Equivocamos el rumbo, erramos el diagnóstico, perdemos de vista al enemigo y confundimos a nuestros carceleros.
Más que nunca necesitamos de los Walsh, los Urondo, los Conti y tantos otros que luchan en silencio y nos enseñan a desentrañar esa maraña que nos asfixia. Nos enseñan a no bajar los brazos frente a las tentaciones de la comodidad, nos enseñan a molestar, a incomodar.
Nos enseñan, sobre todo, que el periodista debe abandonar el lugar de la neutralidad para abrazar las banderas del compromiso.
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Demasiado agasajados
Este 7 de junio, al conmemorarse una vez más el Día del Periodista, han sido variadas las salutaciones e invitaciones para participar de diversos agasajos que se organizaron para los periodistas.
Independientemente de la posibilidad de debatir acerca de la tarea periodística, a veces confundida con el mero hecho de trabajar en un medio de comunicación, es llamativo el auge que ha tomado esta práctica entre las más diversas instituciones.
Es público y notorio que la actividad periodística tiene una estrecha relación con el éxito o el fracaso de los más diversos emprendimientos.
Tal vez sea esa la explicación de tanto agasajo. Hay, en ello, saludos sinceros y velados intentos de cooptar la conciencia de los periodistas para mejorar la imagen de funcionarios, gobiernos, empresas, instituciones.
Tal vez no haya sido acertado que el periodismo participe de un almuerzo convocado por el gobierno municipal, que se pagó con dinero de todos los contribuyentes.
Sobre todo cuando uno se pregunta, ¿por qué el gobierno comunal no invita a un almuerzo a los estudiantes en su día, a los trabajadores, a los propios empleados municipales, a los maestros, a los padres?
Pero a no confundirse. Esa pequeña desviación a la que todos –o casi todos, para ser justo– nos vimos tentados no modifica en absoluto el compromiso con la tarea y la búsqueda de la verdad. La aclaración parece evidente, pero sin embargo no lo es para los propios interesados que a veces pergeñan pequeños privilegios para tratar de comprar una opinión favorable o, lo que es peor, un silencio cómplice.
El trabajo del periodista está mal pago. Los dolores de cabeza son más habituales que los reconocimientos. Y el terreno es propicio para aflojar a las tentaciones.
Por eso hay mercenarios dentro de la actividad, y hay muchos otros que se ven obligados a conducir un remis, otros que realizan tareas administrativas, hay periodistas que venden ropa. Alcanzan los dedos de una mano para contar los periodistas que viven de su profesión.
Poca gente lo sabe. Por eso en estos tiempos, en esta ciudad, dedicarse al periodismo tiene mucho más de apostolado que de rédito.
Un pequeño clic en alguna cabeza alcanza para saber que se ha cumplido con la tarea, aunque ello haya significado perder horas de sueño, correr entre un trabajo y otro, o resignar calidad de vida por abrazar esta profesión.
Independientemente de la posibilidad de debatir acerca de la tarea periodística, a veces confundida con el mero hecho de trabajar en un medio de comunicación, es llamativo el auge que ha tomado esta práctica entre las más diversas instituciones.
Es público y notorio que la actividad periodística tiene una estrecha relación con el éxito o el fracaso de los más diversos emprendimientos.
Tal vez sea esa la explicación de tanto agasajo. Hay, en ello, saludos sinceros y velados intentos de cooptar la conciencia de los periodistas para mejorar la imagen de funcionarios, gobiernos, empresas, instituciones.
Tal vez no haya sido acertado que el periodismo participe de un almuerzo convocado por el gobierno municipal, que se pagó con dinero de todos los contribuyentes.
Sobre todo cuando uno se pregunta, ¿por qué el gobierno comunal no invita a un almuerzo a los estudiantes en su día, a los trabajadores, a los propios empleados municipales, a los maestros, a los padres?
Pero a no confundirse. Esa pequeña desviación a la que todos –o casi todos, para ser justo– nos vimos tentados no modifica en absoluto el compromiso con la tarea y la búsqueda de la verdad. La aclaración parece evidente, pero sin embargo no lo es para los propios interesados que a veces pergeñan pequeños privilegios para tratar de comprar una opinión favorable o, lo que es peor, un silencio cómplice.
El trabajo del periodista está mal pago. Los dolores de cabeza son más habituales que los reconocimientos. Y el terreno es propicio para aflojar a las tentaciones.
Por eso hay mercenarios dentro de la actividad, y hay muchos otros que se ven obligados a conducir un remis, otros que realizan tareas administrativas, hay periodistas que venden ropa. Alcanzan los dedos de una mano para contar los periodistas que viven de su profesión.
Poca gente lo sabe. Por eso en estos tiempos, en esta ciudad, dedicarse al periodismo tiene mucho más de apostolado que de rédito.
Un pequeño clic en alguna cabeza alcanza para saber que se ha cumplido con la tarea, aunque ello haya significado perder horas de sueño, correr entre un trabajo y otro, o resignar calidad de vida por abrazar esta profesión.
Una denuncia grave, una respuesta clara
En junio de 2006, Concepción del Uruguay celebró el Día del Periodista con una denuncia del entonces presidente de la Unión Cívica Radical de Concpeción del Uruguay: falta de espacio en los medios de la ciudad para el centenario partido.
Independientemente de la percepción que los diferentes actores de la vida social y política puedan tener del fenómeno, no es saludable que un partido con tradición democrática sienta que quienes debemos operar como mediadores entre los protagonistas de la política y los ciudadanos estemos interfiriendo intencionalmente en esa relación.
La pesada herencia de la década del noventa con la aplicación de recetas de mercado en todos los ámbitos de la vida social parece haber invadido también a los medios de comunicación, transformando su lógica de servicio de información pública en empresas que cobran por informar.
La denuncia es grave y merece, al menos, respuesta por parte de quienes ejercemos esta profesión. Tal respuesta debe ser clara, contundente y sostenida en el tiempo: independencia de criterio, pluralidad de voces y puertas abiertas para todo aquel que quiera decir algo con fundamento.
Independientemente de la percepción que los diferentes actores de la vida social y política puedan tener del fenómeno, no es saludable que un partido con tradición democrática sienta que quienes debemos operar como mediadores entre los protagonistas de la política y los ciudadanos estemos interfiriendo intencionalmente en esa relación.
La pesada herencia de la década del noventa con la aplicación de recetas de mercado en todos los ámbitos de la vida social parece haber invadido también a los medios de comunicación, transformando su lógica de servicio de información pública en empresas que cobran por informar.
La denuncia es grave y merece, al menos, respuesta por parte de quienes ejercemos esta profesión. Tal respuesta debe ser clara, contundente y sostenida en el tiempo: independencia de criterio, pluralidad de voces y puertas abiertas para todo aquel que quiera decir algo con fundamento.
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